Cualquier despistado que vea algún programa de espectáculos de la tarde, podría caer en la errónea idea de que Evangelina Anderson o Adabel Guerrero son máximas representantes de la escena teatral. Ante un nuevo aniversario de las tablas en el país, bueno será hacer un poco de historia para conocer cuando se fundó esta forma de expresión que tantos placeres (y discusiones) ha generado. TXT Federico Strifezzo / IMG msoule

La historia del teatro argentino comienza en 1783 cuando el virrey de Vértiz ordenó crear en Buenos Aires una casa de comedias. Fue en el actual cruce de las calles Alsina y Perú donde se inauguró la primera sala local conocida como el Teatro de La Ranchería. El lugar se transformó en el centro de la actividad teatral de la ciudad y en 1786 dio lugar a la presenta-ción de Siripo, la primera obra escrita por un argentino (Manuel José de Lavarden).
Este espacio, sin embargo, tubo una corta vida: la noche del 16 de agosto de 1792 un fuego artificial disparado desde el atrio de la iglesia de San Juan Bautista del convento de Capuchinas incendió La Ranchería y Buenos Aires ingresó en un periodo de 8 años en el que no tubo teatros. El paréntesis se cerró el 1 de mayo de 1804 con la apertura del Coliseo Provisional y, más tarde, con el Teatro de la Victoria, el del Buen Orden y el de la Federación, todos construidos durante el gobierno de Rosas.
El crecimiento estructural no fue acompañado por el desarrollo de una dramaturgia local hasta mucho más tarde, ya que por aquellos tiempos primaban las compañías europeas que venían al país a presentar obras italianas, españolas o francesas.
En 1886 el Circo de los Hermanos Carló le encargó a Eduardo Gutiérrez la adaptación de su novela Juan Moreira para ser representada en vivo dándole origen al teatro gauchesco y con él a la primera obra teatral con tema ligado al espíritu nacional. Para ese entonces, la escena, aún europea, estaba dividida en dos corrien-tes que aún hoy se mantienen vigentes: por un lado se presentaba un repertorio clásico ligado a la alta cultura y por el otro zarzuelas, vodeviles y piezas de diversión que atraían a un público más popular.
Con el crecimiento de la inmigración se desarrollaron diversas corrientes que fue-ron dándole al teatro un espíritu cada vez más nacional. Por el lado de lo popular el sainete español permitió la creación de la variante criolla, que intentaba exponer las vicisitudes urbanas que traía aparejada la nueva realidad de conventillos, cafés y calle en una ciudad que no paraba de crecer. A principios del siglo XX, durante la Época de Oro de las tablas, estas propuestas alcanzan su pico de popularidad.
Otro hito está marcado por la creación, hacia en 1930, del Teatro del Pueblo, primer antecedente del teatro indepen- diente que le daría un espacio importante a los autores locales. Fue aquí en donde se desarrollaron las propuestas vinculadas con la experimentación y las obras de la alta cultura que encontraría su punto más alto durante la década del 60, momento en el que se crearon versiones locales del teatro de vanguardia y experimentación, el absurdo y el grotesco.
Con la llegada de la dictadura el pa- norama entero ingresó en un periodo de oscuridad al que se enfrentaría con la creación del Teatro Abierto el 28 de julio de 1981 en el Teatro del Picadero. El éxito de la propuesta fue inmediato pero un nuevo incendió, provocado esta vez por un comando de la dictadura, amenazó con borrar la existencia de propuestas a-
rriesgadas. Sin embargo, gracias al apoyo de dueños de salas, pintores y artistas exiliados el Teatro del Pueblo prosperó y permitió continuar con la búsqueda de nuevas formas dramáticas.
Al finalizar la última dictadura militar se logró superar el invierno represivo y la creatividad teatral volvió a florecer. A partir de entonces, con espacios como el Parakultural, las realizaciones más extremas tuvieron lugar y el desarrollo no cesó en las más variadas direcciones.
Hoy en día, producto de esta basta historia, se exhiben todos los fines de semana propuestas de los más variados orígenes, y los diversos géneros parecen vivir una nueva Edad de Oro en el que la diversidad es la marca que supo imponerse a un pasado de incendios, represiones y fuerzas extranjerizantes.


