En su libro “1984”, publicado el 8 de junio de 1949, George Orwell imaginaba una sociedad vigilada las 24 horas por el líder del "Partido Único". Y si bien aquel escenario tenía un tinte totalitario, nuestras democracias liberales evolucionaron, en ciertos aspectos, hacia un mismo rumbo. Basta con mirar el televisor y la computadora, dos grandes ventanas. Txt Tatiana Jáuregui

Muy pocos libros han puesto tan en evidencia la imbecilidad del ser humano como “1984”. Partiendo de una teoría omnipresente del poder, revelando una hipótesis con consecuencias nefastas y ofreciendo a modo de obviedad el resultado de su análisis, Orwell actúa de Nostradamus del siglo XX.
Sin intenciones de tratar de iletrados a los participantes de un reality show, o de poco creativos a sus productores, cabe la pregunta: ¿Por qué fascina tanto, hoy en día, la exposición constante? Permanentemente, ojos expectantes filtran ávidamente información a su parecer y viceversa. ¿Cómo reconocer la verdad y la mentira que rodea la cotidianeidad? Plantea Orwell. Y resulta muy difícil encontrar la respuesta.
“1984” presenta el relato de Winston Smith, un empleado del ministerio de la Verdad, cuyo objetivo es reescribir la historia. A lo largo de la novela, el protagonista toma conciencia de la dimensión y repercusión de su trabajo y de la farsa del Gobierno para el cual cumple funciones y de la persona para quien trabaja: El Gran Hermano, un comandante en jefe del Partido Único que vigila constantemente a los miembros de la sociedad.
Lavado de cerebro, influencias psicológicas y uso del idioma son, sin darnos cuenta, lugares comunes por los que se transita a diario. Incrédulamente, vislumbramos un mundo sin tapujos, como si la privacidad y el aislamiento fueran algo reprochable. Entonces, en un esfuerzo lamentable por martirizarnos, generamos contenidos que tratan de definirnos y adjetivizarnos. Vivimos la vida de las otras personas como si fueran la nuestra.
Se termina el día y antes de apagar la computadora supimos qué hicieron nuestros 132 amigos virtuales. Después, nos acomodamos plácidamente en algún sillón para ver los experimentos psíquicos y el esfuerzo sobrehumano de un par de competidores de un reality show para “sobrevivir” a una votación. Y todo por un móvil monetario.
El Gran Hermano genera, sin dudas, un contexto perfecto para un boom televisivo: estrategias, aliados, traiciones, nervios, intriga, pasión, emoción, dramatismo. Y no es eso nada más, sino que los “hermanos” fuera de la pantalla tienen la posibilidad de elegir y decidir. Aunque sea ínfima, es una fuente de poder.
Se cumplen 60 años de la publicación de la célebre novela y 10 años de la primera emisión del reality homónimo en la televisión holandesa. Orwell nos ofreció 319 páginas del más opresivo escenario que pueda existir. Nosotros nos encargamos de hacerlo realidad.


