Con mucha más energía que práctica, con más instinto que técnica, Kurt Cobain provocó toda una revolución dentro del rock. Pero su nueva vida de estrella no encajaba con su naturaleza punk, y el 5 de abril de 1994 decidió ponerle fin a su sufrimiento con un disparo en la cabeza.

Autor: Leandro Serjai
Disimuladamente, Kurt Cobain se zambulló en el río Wishkah y recuperó la pistola que su madre había usado para intimidar a su nuevo marido. Pero lejos de guardarla para defender a su patria, un ideal común entre sus compatriotas republicanos, Kurt vendió el arma y se compró un amplificador. Ahora que podía hacer escuchar esa guitarra que le había regalado su tío a los 14 años, formó junto a su amigo Kris Novoselic su primera banda, Fecal Matter.
Pero fue su segunda banda, también junto a Novoselic, la que marcó su historia. Nirvana, que se formó en los bares de Sea-ttle, Estados Unidos, allá por 1985, en sólo 3 discos de estudio y 5 años creó himnos de toda una generación, originó un movimiento estético y batió algunos récords.
Cuando hubo que definir su obra se la llamó “Grounge”, un tér-minó de la jerga inglesa traducido como “sucio”. Sus sonidos cercanos al punk, sin alejarse mucho del rock clásico, provenían de guitarras distorsionadas, melodías repetitivas, letras amargas y escenarios austeros. Para Kurt Cobain, que de chico su padre le pegaba porque no toleraba la imperfección, la música fue un punto de fuga natural: “Adoro el punk rock más que ninguna cosa. Para mí significa libertad”.
Pero esta postura estética que exaltaba la suciedad tenía un alcance mucho mayor que su historia personal, más bien hacía frente a una escena musical que empezaba a aburrir de tan arreglada. “El rock fue tan reproducido y plagiado que apenas sigue vivo”, era lo que pensaba Kurt Cobain, y también lo que evitaba: “Mi estilo es peculiar porque no practico, nunca tomé clases y tampoco traté de copiar a otros guitarristas. Todo el tiempo pifio las notas. Cuando hago los solos en los show ni siquiera encajan en la canción. No me importa, prefiero eso antes que ser un guitarrista con una técnica eficiente”.
Inesperadamente, todo eso fue un reflejo para millones de jóvenes disconformes con la sociedad. El tema “Smells like teen spirit” de su segundo disco, Nevermind (1991), se convirtió en un grito de lucha adolescente (“Aquí estamos, entreténgannos”) y la placa, que con los años vendió unas 15 millones de copias, desplazó a la eterna “Dangerous”, de Michael Jackson, del primer puesto en los charts.
Entonces Kurt Cobain, que quería ser admirado como John Lennon pero anónimo como Ringo Starr, empezó a sentirse incómodo. Su naturaleza punk no soportaba su realidad mediada por compañías discográficas y por la prensa, que lo hostigaba permanentemente desde que se había casado con Courtney Love. No toleraba esa vida y el refugio en la heroína tampoco alcanzaba para hacer más llevaderos sus días. “No sé dónde voy, sólo sé que aquí no puedo estar”, había exhalado alguna vez, antes del 5 de abril de 1994. Ese día agarró un arma más grande que aquella pistola que había servido para amplificar su historia y silenció su áspera voz con una bala en la cabeza.
