Si bien las drogas se usan en diversas civilizaciones y han convivido con los hombres por siglos, es propio de nuestros tiempos el problema de la adicción que generan. Hay muchas cuestiones para discutir y varias cosas para reflexionar, y la propuesta de WATT con este informe es, apenas, abrir el debate

Infinidad de culturas que nada tienen que ver con el pensamiento oficial de occidente también tienen el hábito de usar estimulantes. Por ejemplo, existen ciertos aborígenes americanos que se valen de alucinógenos para contactarse con los dioses. Para ellos, distorsionar la parte terrenal de su realidad es la forma de sentirse más cerca de su costado místico. Debe haber pocas experiencias tan religiosas como creer en seres superiores e ingerir alucinógenos con la concentración puesta en un chamán encargado de conducir el viaje hacia el más allá.
Pero ese ritual está lejos de ser algo re loco, como podría decir cualquier distraído. Más bien, las drogas tienen un uso muy definido, y por lo tanto en aquellas prácticas abundan los límites: día, horario, lugar, cantidades, metodología y más. Con valores bien arraigados, homogéneos y muy diferentes a los que pueden existir en una realidad más cercana en tiempo y espacio, a ningún aborigen se le cruzaría por la cabeza darle otra función a este tipo de sustancias. No tienen razones.
¿O acaso suena verosímil pensar en un grupo de aborígenes comiendo hongos para componer una canción, anestesiarse de la realidad o divertirse entre amigos? Ellos ni siquiera viven esas experiencias rituales como una alucinación, sino que forman parte de su realidad.
Pero son tantas las diferencias entre su escenario y la civilización occidental contemporánea que la comparación solo sirve para reflexionar que el problema, más que apuntar a la existencia de las drogas, está en la adicción que pueden generar.
Después de plantear este ejemplo antropológico, Daniel Véspoli, psicoanalista especializado en adicciones, se pegunta: “¿Por qué ahora, mucho más que antes, uno se tiene que refugiar en las drogas? ¿Por qué ahora, si siempre tuvimos problemas sociales y económicos, si atravesamos guerras mundiales?”.
“ La vida actual carece de porvenir. Y el uso indiscriminado de drogas suele estar ligado a la depresión que se genera.”
La óptica
Antes de arrancar, en un acto de honestidad académica, Véspoli siente la necesidad de aclarar desde qué disciplina va a explayarse. “Yo voy a opinar como terapeuta. Sé que existe una opinión muy arraigada en las esferas del Gobierno la cual le otorga a las drogas ese estatuto de que son adictivas de por sí, de que son malas, etcétera. Según los toxicólogos, desde lo orgánico hay una sustancia que realmente es muy adictiva, que sus consumidores entonces necesitan un tratamiento de deshabituación y exclusivamente bajo internación: la morfina. Pero después, esto de los efectos adictivos de las sustancias en general es muy relativo. No en cuanto a las consecuencias negativas del consumo, yo no defiendo sus usos, pero sí respecto a la adicción”.
Aunque sea incómodo para la ciencia, las generalizaciones pueden servir poco en ciertas cuestiones, sobre todo en aquellas donde la psiquis de la persona tiene más influencia que su organismo. Y este es el caso del uso de las drogas y la adicción que generan en sus consumidores. “Cada sustancia provoca efectos posibles, entra en juego la vivencia subjetiva de cada uno. Hay gente que consume cocaína por años y nada, otros, al mes, empiezan con ideaciones paranoides. En general, la cocaína provoca este problema, pero no siempre”, afirma Véspoli. A diferencia de las tribus aborígenes, e incluso de civilizaciones occidentales antiguas, por estos pagos se atraviesa una etapa de heterogeneidad de pensamientos, donde cada cabeza es un mundo diferente con su propia cantidad e intensidad de creencias y valores. Y entonces, a cada uno le pega diferente.
Adicto por definición
La subjetividad también entra en juego a la hora de tener que reconocer si la persona es adicta. “Cuando alguien siente que no maneja la sustancia, sino que la sustancia lo maneja, diría que es adicto. Cuando la persona considera que tiene problemas y acude a una consulta. Ahora, ya no se fuma un porro cuando quiere, sino que toda su vida gira en torno al consumo, pasa de ser un complemento a lo esencial. Es una sensación personal de necesitar eso, y cada vez más seguido”.
Parece claro, la adicción es una cuestión de límites, y ahí cada uno tiene los suyos. Véspoli continúa: “Si fumarse un porro se puede sostener una vez por semana, creo que tampoco habría que ponerse en una postura moralista. Son decisiones personales. Y dudo que hacerlo de vez en cuando sea nocivo. El problema está en que no se pierda el control”.

Reflexiones finales
Entre los consumidores de drogas, cada quien tiene sus motivos y sus sustancias. Pero algo comparten todos: “Estamos en una época de falta de límites. En los rituales todo se hace bajo una situación muy controlada, la persona tiene un marco de contención. Hoy, si no hay rituales, principios ni utopías, entonces no hay límites. Ese es otro gran tema: vivimos en un capitalismo feroz que nos lleva a consumir permanentemente, incluso cosas que no tenemos”, sostiene Véspoli.
Y en la misma línea, continúa: “Antes había una idea de futuro. Y ahora se cayó todo. Ya no hay ideales. Algunos años atrás, uno sabía que si trabajaba y se esforzaba podía progresar, ahora ya no. Tiene que ver con la caída de las utopías, pero no solo las políticas. Por ejemplo, algunas cuestiones, como el avance de la ciencia, iban a poner al hombre cerca de la felicidad. Y hoy vemos que eso no es así. Primero, no soluciona todo, y después, si bien resuelve muchas cosas, eso es para pocos. Porque otros siguen lidiando con la pobreza, con la falta de agua, con algunas cosas muy básicas”.
“ Vivimos en un capitalismo feroz que nos lleva a consumir permanentemente, incluso cosas que no tenemos ”
Los valores sociales en torno al mercado están muy instalados. Más allá de las libertades individuales conquistadas, es difícil abstraerse de un sistema político, económico y social y sus valores supremos. Pero a diferencia de siglos, incluso décadas pasadas, hoy la sociedad tiene mucho para exigir y poco para dar. “La vida actual carece de porvenir. Eso genera muchas depresiones a nivel sintomático, sobre todo en occidente. Y el uso indiscriminado de psicofár
macos y de otras drogas ilegales muchas veces está ligado a esa depresión. La gente no le encuentra sentido a la vida”, insiste Véspoli.
La cuestión, entonces, pareciera ser afrontar el mundo que se ha generado, con las cosas que suelen gustar y los problemas pueden surgir. Durante siglos se ha luchado por conquistas individuales y sociales en nombre de la libertad, y sin embargo, los hombres jamás se despojaron de estructuras de las más diversas y primitivas. Y en medio de tanta diversidad y confusión, ahora hay muchas cosas para hacer, muchos motivos para tomar y muchas cosas para elegir.
“Lo que tienen las drogas –concluye Véspoli- es que inevitable el cuerpo genera cada vez más tolerancia. Entonces se necesita mayor cantidad, y se va acercando a la sobredosis”.
POLÍTICAMENTE INCORRECTO
Es difícil sentar una postura frente a las políticas estatales en relación a las drogas porque -se sabe- son cuestiones teñidas de moralidad. Entre tantas opiniones, Véspoli también tiene la suya.
“Se habla de adicción física y adicción psíquica. ¿Pero dónde está la diferencia? Son conceptos más bien biológicos. Y esto que parece una tontería, después tiene mucha relevancia en las políticas al respecto. Por ejemplo, se combate la droga, y no se piensa qué le pasa a la gente, sobre todo a las poblaciones jóvenes, porque realmente ahora la edad de inicio es muy baja y eso preocupa. Hay que ver qué pasa, cuáles son las necesidades, los problemas, las dificultades para que un chico se contacte con drogas y quede atado a la sustancia. Y pensar que el malo de la película es la droga radica en que hay que eliminarla del planeta. Acá todo lo que sea drogas se lo ve como un cuco. Cuestiones económicas y políticas que regulan esto. Cuando en realidad las campañas tendrían que apuntar contra el sujeto. Porque ir contra la droga es apuntar contra el producto, contra la sustancia, y la sustancia en sí puede ser medicinal, o más o menos recreativa, y el eje de la cuestión es el sujeto y sus problemas”
