Hace 20 años, Argentina recibía un premio nobel de Química gracias a la labor de César Milstein (1927-2002). Proponemos hacer un breve repaso sobre sus logros y algunas observaciones acerca de la vida y obra del último nobel argentino que -a ocho años de su muerte- nos sigue demostrando que llegar lejos en la vida es sólo una cuestión de actitud. Txt Aránzazu Muraca de la Torre

Generalmente, si a uno le dicen “aventura” rápidamente imagina una situación extrema: un sitio incómodo, recursos escasos, algo de peligro y mucho para descubrir. Enseguida asocia la escena a un típico vaquero del western, o a un mochilero con su cantimplora dispuesto a dormir en carpa durante tres meses. Está claro, difícilmente imagine como protagonista a un científico argentino.
Cesar Milstein fue sin dudas la excepción que vino a romper las reglas. O, mejor dicho, trajo un puñado de nuevas. Nacido en Bahía Blanca, Buenos Aires el 8 de octubre de 1927, es reconocido como uno de los científicos argentinos de mayor prestigio a nivel internacional. Se graduó de Químico en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA a los 25 años y a partir de allí desarrolló una larga e impecable trayectoria tanto a nivel local como en Cambridge, Inglaterra. Allí, en el viejo continente, en 1983 fue nombrado jefe y director de la División de Química de Proteínas y Ácidos Nucleicos del Laboratorio de Biología Molecular dependiente del Consejo de Investigaciones Médicas de Inglaterra. Tan brillante y destacado fue su desempeño, que en 1984 obtuvo el Premio Nobel de Medicina y Farmacología por sus teorías relacionadas con la "especificidad en el desarrollo y control del sistema inmunológico", y el descubrimiento de la técnica para producir anticuerpos monoclonales a gran escala. Desde entonces, Milstein se mantiene vigente como el último Premio Novel argentino hasta hoy.
Salir a incomodarse
Lejos de los relatos esperables, este hombre no solo trabajó en la ciencia sino que vivió sumergido en ella: se aventuró a recorrer montañas, islas y pirámides de distintos puntos del globo en busca de inspiración, observaciones y nuevas preguntas, que lo llevasen a lugares descinicidos, a grandes respuestas. Su carácter de aventurero marcó un estilo casi nunca visto antes para un científico de su clase: el hecho de animarse a ver de cerca, involucrarse de lleno, e incluso a incomodarse para encontrar lo que buscaba y hasta aquello que nunca esperaría. Y claramente lo consiguió, porque sus descubrimientos aportaron múltiples beneficios, resultantes en aplicaciones fundamentales para la medicina, biología e inmunología; representando valiosos avances para el conocimiento científico.
Su trabajo también tuvo trabas, que supo saltar: tras el golpe militar de 1962, el instituto Malbrán fue intervenido y el trabajo que venía desarrollando, perjudicado por los persecuciones sufridas por su equipo. Milstein era uno de los que no había sido directamente damnificado, aunque ya estaba cansado de las intrigas. Según la historia, esto lo motivo a hacer las valijas junto a su esposa, rumbo a Gran Bretaña. En 1964 estaba nuevamente en el Medical Research Council de Cambridge, y fue durante ese mismo año que consiguió los primeros resultados que dos décadas más tarde lo harían merecedor del galardón internacional.
Fue en el mes de abril del ´84, que Milstein se enteró que sería reconocido con tal premio, ganándole de mano a la mismísima prensa (algo poco común, sumado a lo inicialmente poco común que es ganar un Premio Nobel). “La mayor contribución que puede hacer un científico no es preocuparse por ser útil, porque la utilidad es inevitable. Lo que importa es ser original, nuevo, dar grandes saltos. El conocimiento es el que trae las aplicaciones” expresaba el científico con convicción, exponiendo su naturaleza innovadora.
El mensaje
Palpitando un nuevo aniversario de tal aconte-cimiento para el país acaba de estrenarse “Un fueguito”, un documental que relata su vida, y describe fielmente su emblemática dualidad: cómo siente un científico y cómo piensa un aventurero.
¿Cómo humanizar a un personaje de este tipo? que llegó tan lejos y cuyo aporte resultó trascendental para el hombre y la ciencia (finalmente estamos hablando de salvar vidas). Tal vez pensando en la película, en un hombre reconocido mundialmente por la magnitud de su obra, tal vez buscando algo en común que lo acerque a “los hombres comunes”. O en su espíritu. La pulsión que empuja a alguien a creer en sí mismo, a elegir incomodarse, a desafiar lo que “ya está hecho” claramente habla de un espíritu. Y Milstein transmitió esto con su vida. Trascendió cualquier hallazgo científico, y dejó para aprender algo mucho más grande: dejó un mensaje que desafía a creer y poner en jaque lo que “está hecho” y queremos cambiar. Un mensaje que invita a compartir el mismo espíritu para inspirarse en abril, e ir por más durante todo el año.
