Hace cincuenta años, Alfred Hitchcock nos regalaba la película que se transformaría en un clásico, y aún en algo más: un cliché de nuestro imaginario. Los violines de la escena en la que asesinan a Marion Crane en la ducha, son la banda sonora de una psicosis hoy generalizada. No hay nadie que no sepa de qué famosa escena estoy hablando, ¿no? Txt Nicolás Saraintaris / img andy K

"Psycho” se estrenó en 1960 y después de una recepción temprana, dividida, se ganó un lugar muy destacado en la historia del cine, reconocimiento que consolidó y acrecentó con el paso del tiem-po. Mucho se ha escrito sobre la película, desde el síndrome de “typecasting” sufrido por Anthony Perkins, encerrado en su genial representación del joven Norman Bates, hasta anécdotas sobre la famosísima escena de la ducha y sus 77 ángulos de cámara.
Pero yo no les hablaré de cómo ha modificado la historia del cine, no soy quién. Lo que propongo es una simple lectura extemporánea —¡pasaron 50 años!— para homenajear a un film insosla-yable: todo comienza con un cameo. Hacia el minuto 7 de la cinta, justo cuando Marion está por entrar a la oficina y la cámara seguirá con ella, Hitchcock hace su tradicional acto de pre-sencia, un guiño que ha transformado en firma y rúbrica de su obra. Aquí empezamos.
Los cameos de Hitchcock en sus películas son numerosos. En 39 de sus 52 films, el director, salta la barrera de la ficción y contamina sus ficciones con la realidad de su cuerpo. En “Psycho” su aparición es temprana y se enmarca en una escena en la que su misma hija cumple el rol de Caroline, compañera de trabajo de Marion. Algunos dicen que ésta sería la razón del momento elegido para el cameo, otros afirman que ubicarlo más adelante hubiera atentado contra la trama del film.
Porque ya lo sabemos, el tratamiento de la historia fue revolucionario: durante cuarenta y cinco minutos se construyó empatía entre el público y Marion para que luego en la escena de la ducha nos quedemos sin heroína y la atención del público recayera en Norman Bates, el joven aparentemente subyugado por la madre, dueño de un lóbrego motel.
Pero sigamos. El cameo puede cumplir otra función: si está al principio es porque Hitchcock se muestra como un personaje más, presente, adivinándose maestro titiritero detrás de la psicosis de sus personajes. Ensayemos esta lectura: Marion roba 40 mil dólares en su trabajo. En la escena en la que se escapa en auto, las voces la ceban y hacen que se decida por huir con un dinero que debía depositar.
Más tarde, en el motel de Bates, Marion tendrá una tensa charla con el joven Norman —quien da las primeras pistas de su desequilibrio por la forma en que reacciona ante el eufemismo que utiliza la mujer para referirse a un manicomio— De esta charla, Marion concluirá en que lo mejor es volver a Phoenix, e irá a su cuarto a ducharse por última vez.
Veamos entonces. La protagonista decide que no hay más historia ni de robo ni de huída. Decide entregarse y descubrir, así como así, su crimen. ¿El resultado? 77 ángulos de cámara, un grito desgarrador, violines y cuerdas que te ponen los pelos de punta y jarabe de chocolate —sangre— para filmar una de las escenas más famosas de la historia del cine.
Pero eso no es todo. Hacia el final de la película, las voces en la cabeza de Norman Bates le hablan con la voz de su madre y se manifiestan incapaces de matar a una simple mosca. Pero quien habla no es la madre de Bates, horrible cuerpo descompuesto que el joven taxidermista no pudo mantener después de saquear su tumba —y que asusta a Lila Crane, hermana de la mujer asesinada en la ducha, en otra impactante escena. ¿Quién, entonces?
Sabemos que Bates es hijo de la inspiración de Robert Bloch y su novela sobre un asesino serial bien real: Ed Gein. Sabemos, del mismo modo, sobre el guión que escribió Joseph Stefano para el film. Sin embargo, tampoco son ellos quienes hablan en la cabeza de los dos personajes, quienes alimentan la psicosis de la historia.
El verdadero autor intelectual no es otro que Alfred Hitchcock, quien se encargó de matar a Marion en la ducha y travistió a Bates con una peluca. 50 años después, no podemos menos que rendirnos a los pies de tan astuto criminal.
