Aplastó a San Martín de Tucumán en la Bombonera. En el comienzo de la despedida de Ischia, Palermo -2- y Palacio sellaron el 3-0

Supimos por los tabloides de deportes y espectáculos que diez minutos antes de la final de la Champions League, mientras el Manchester elongaba para que el dolor que se le avecinaba no fuera tan intenso, Josep Guardiola arengó a su ejército de estrellas con la proyección sorpresiva de algunos fragmentos de Gladiador. Y sí. ¿Qué esperaban que les diera? ¿Una retrospectiva de Tarkovski?
La idea de representar el deseo –y, en cierta medida, el porvenir que ha de construirse– con escenas que actúen como recuerdo del futuro no es mala, aunque no sea nueva. Así que en medio de la helada de la Bombonera, cuyos blancos nos deberían hacer pensar acerca de si desde 1998 Boca no ha estado cambiando su legendaria humildad genovesa por un exitismo bobo (sería tristísimo), nos preguntamos cuál sería la película que el equipo que amamos debería ver antes de salir a la cancha. ¿Debería ser ¡Viven!? ¿Debería ser Esperando la carroza? ¿O debería ser, sencillamente, una compilación de –sin ir más lejos– algunos partidos del año pasado?
Mientras seleccionábamos filmografía up, un cabezazo de Urbano pegó en el palo derecho de Abbondanzieri y la pelota salió hacia la nube de fotógrafos que se estaban relamiendo después de haber tenido tan cerca algo de trascendencia en medio de un partido grisáceo. San Martín se plantó bien, incluso amagó por momentos con una línea de tres en el fondo, como dándole una señal a un anfitrión que se quemó con leche y, obviamente, ve una vaca y llora. Y Boca, con su tibieza de época, tocando la pelotita hacia los costados (cuando la pelota se toca tanto hacia los costados se convierte indefectiblemente en pelotita), pero con el despliegue de Palacio, preocupando primero al fondo del equipo de Roldán y, luego, enloqueciéndolo.
Así llegó el gol. Hubo otro cabezazo en el área de Boca que Abbondanzieri sacó al córner con los reflejos de un hombre elástico de 15 años, y aunque en el córner inmediatamente posterior a esa misma jugada San Martín pudo convertir porque a la de cal del arquero le siguió una de arena (y, disculpen que no sepa cuál se corresponde con la buena y cuál con la mala), el equipo de Ischia le agregó a esa suerte un instante de concentración y pressing. Palacio apretó a Noce contra el lateral, le robó la pelota y cruzó un centro para la entrada de Palermo, nuestro tanque de guerra, quien cambió juego por pepa.
El uno a cero tranquilizó al local que, dicho sea de paso, tuvo pasajes de juego enredado pero nunca crisis de nervios. San Martín contribuyó a esa tranquilidad durante gran parte del segundo tiempo, en el que los jugadores tucumanos desplegaron una actitud más bien turística, una especie de fair play sin play, y en el que la mayor parte de su energía se fugó en los saludos con los rivales, los pedidos de camiseta y la gloria –se entiende– de jugar en el estadio de un gigante y contra un gigante (resfriado).
San Martín no fue, esta vez, un rival exigente, y Boca aprovechó la lasitud de su huésped para recuperar algo de la garra y la concentración perdidas. Battaglia volvió a manejar el quite y la dinámica del mediocampo; Rodrigo Palacio sostuvo su presencia amenazante (comparable con la de sus grandes noches), y Palermo sigue siendo el tiburón blanco que anda y anda y de pronto, ¡pim!, se traga un buzo con barco y todo.
El gol de Palacio y el segundo de Martín fueron, como nunca en esta mala racha, de jugadas armadas y lujosas, con alguna pequeña suciedad que, dadas las circunstancias, no hay que tener en cuenta. ¿Ischia? Se merece estos buenos momentos. Y nosotros ya tenemos la película: ¡Viven!
