Lo hizo con la aparición de Después de todo, de Lanata, pero también con la aparición de Santiago Montoya en Un mundo perfecto, de Pettinato.

Después de haber quedado irradiada a un gueto minoritario de interesados, la política volvió a irrumpir en la televisión argentina. Lo hizo esta semana, con la aparición de Después de todo, el programa de Jorge Lanata en Canal 26, pero también con la decisión de Santiago Montoya de terminar de romper con el Gobierno criticándolo en Un mundo perfecto, el programa de Pettinato.
Durante todo el período K, a pesar de una supuesta revalorización de la política, las discusiones sobre cuestiones públicas habían quedado relegadas al ámbito de algunos programas de América y TN. Hasta el humor político desapareció de la pantalla, quedando totalmente relegado a los imitadores que trabajan en las radios. Para la tele argentina, la política se convirtió, más allá de algunas declamaciones y del reverdecer del debate en la discusión sobre la 125, en algo claramente delimitado al cable, como la vida de los leones en Serengeti y los programas de cocina.
Lanata eligió el cable pero de una manera novedosa, aprovechando la buena posición en la grilla de los canales de noticias, eligiendo un horario central que desafía abiertamente la creciente frivolización de los noticieros y restringiendo el programa a un solo tema, desglosado en editorial y entrevista. Así, en la semana pasaron Aníbal Fernández, el dengue, las escandalosas propiedades de los Kirchner en su provincia y el patético debate entre Fernando Peña y Luis D’Elía.
En la mayoría de los casos, el programa fue entretenido, con una parte de valor periodístico y bastante de espectáculo mediático, una combinación que Lanata maneja con pericia. Las proporciones se descompensaron en el atractivo pero hueco debate entre Peña y D’Elía, muy favorable para el líder piquetero oficialista. D’Elía se mostró calmo y ocupó el centro de la escena usando a su favor su verborragia y los beneficios de una ideología simple, contundente, que reduce la complejidad del mundo a categorías tajantes y precisas. Así, diferenció a los ricos de los oligarcas, de manera de dejar a Kirchner y sus millones en un lugar potable, y encontró para cada estocada de Peña una verdad justicialista que lo refugiara, luciéndose, finalmente, con algunos hallazgos lingüísticos brillantes (“Te desangelé, Peña”). Fernando Peña, en cambio, no tuvo una visión del mundo para ofrecer que pudiera competir en un debate televisivo. Se perdió en acusaciones irrelevantes, como la de un supuesto gesto del piquetero que las cámaras no tomaron, y derrapó con una imprecisa acusación de corrupción, que terminó volviéndosele en contra.
D’Elía tuvo su cuarto de hora glorioso en el oficialismo cuando organizó una fuerza de choque para desalojar la Plaza de Mayo de ciudadanos descontentos. Peña lo increpó por la famosa trompada aislada, cuando quizás hubiera sido más productivo cuestionarle más globalmente esa gestión prepotente y antidemocrática. Como en el fútbol, es más fácil saber qué hay que hacer mirándolo desde afuera.
Fuente: Crítica de la Argentina
