Jueves, 09 de Febrero del 2012

bs.As, Argentina
7/12/2009
Un lugar en el mundo para fanáticos del tatoo

La entrada cuesta 25 pesos. Una moda que no deja de crecer.

Soy el Maradona de los tatuadores –se jacta Cristian Benvenuto. El primero se lo hizo él mismo cuando tenía 14 años, encerrado en su cuarto de Cipolletti se agujereó la piel y se dibujó un micrófono con alas y la leyenda “Mansión and roll”. Ahora, con 37 años, perdió la cuenta de la cantidad de tatuajes que tiene en su cuerpo. Pero sabe que hizo más de 20 mil en cuerpos ajenos. Benvenuto es una de las estrellas de la tercera edición de Arte Tattoo, que seguirá hoy, de 12 a 22, en el Centro Municipal de Exposiciones, en las avenidas Figueroa Alcorta y Pueyrredón. La entrada cuesta 25 pesos.

“El año pasado fueron 4.000 personas y para este año esperamos 5.000. Año tras año se masifica la asistencia”, asegura una de los organizadores, Guillermo Corbal.

Después de recorrer más de una hora los 80 puestos de tattoos, donde exponen tatuadores de Brasil, Estados Unidos y España, entre otros países, el ruido de las maquinitas ensordece como diez panales de abejas en plena producción. Y Benvenuto disfruta. Cuando vio a Tinelli con su brazo tatuado, tragó saliva. Sintió que todos los locales de tatuajes se iban a forrar de empresarios que se quieren hacer los locos después de los 50 años.

–Repudio a toda esa careta de mersa coqueta –dice Benvenuto, citando una frase de la banda metalera Hermética. El tatuador es alto, tiene barba larga y un collar de calaveras; es un rocker de barrio. Tiene los costados de la cabeza rapada y una inscripción: “Muerte a Dios”. En la panza tiene otra: “Las únicas batallas que se pierden son las que se abandonan”. Se tatuó una línea recta en la cara desde la frente hasta debajo de su ojo izquierdo.

–La línea divide dos mundos: del lado de mi corazón están los buenos y del otro lado el pelotón de políticos corruptos, los policías garcas.

Después de tatuarse él mismo, le dibujó el cuerpo a su primo de 12 años. Estuvo siete horas para escribirle en el pecho “Iron Maiden”. Sus cutículas quedaron negras por un mes. Benvenuto ahora vive en Alemania y, de vez en cuando, viaja para la Argentina.

Adrián Gómez hace dos horas que está contorsionando su cuerpo arriba de una camilla negra. Se está tatuando por decimotercera vez. El artista está meta y meta poniéndole sobras, perfeccionándole el color a un dibujo gigante con flores; cada una representa a una persona. En primer plano está Ciro, su loro. Según su dueño, canta canciones propias.

–Vivo con mi loro, es más importante que un hijo. Quedé con la tenencia cuando me separé de mi ex pareja –dice mientras el tatuador carga un poco de tinta celeste para retocar el fondo de su obra.

El primer tattoo que hizo Fernando Colombo fue un arlequín. Se lo dibujó a un conocido. Dice que pasó la barrera de los 25 mil tatuajes. Aprendió de su padre a dibujar y ahora tiene su propio local, Face Tattoo. En el stand hay una foto de un tatuaje de la cara de Mirtha Legrand, “fue un diseño que pidió una chica”, dice. La semana pasada, un chico le pidió que le hicieran una salchicha hablando. Le cumplieron el deseo y le sacaron una foto.

Mientras Nicolás Picchio se tatúa una geisha, escucha punk y frunce la cara por el dolor. Es tatuador pero ahora está del otro lado.

–Hace 40 minutos que estoy tirado en esta camilla. Para mí es algo normal, ya perdí la cuenta de los tatuajes que tengo –dice y grita porque la maquinita no para un segundo.

El gran Benvenuto atiende en su departamento, en Alemania. Dice que echó a patadas a varios que quisieron hacerse un cruz esvástica. Y que tampoco dibujaría en una piel a la diva de los almuerzos.

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